POR QUÉ DUELE CUANDO YA NO DEBERÍA DOLER: ASÍ FUNCIONA EL DOLOR CRÓNICO

¿Por qué algunas personas siguen con dolor incluso cuando la lesión inicial ya está curada? Hoy sabemos que la respuesta no está solo en la zona afectada, sino en la forma en que el cerebro procesa y mantiene activa la señal del dolor.
Dr. Emilio González – Neurocirujano, Clínica Ponferrada

Durante décadas, muchas personas con dolor crónico han sido tratadas como si su problema fuera “psicológico”, pasando de consulta en consulta sin obtener respuestas claras. Esto no se debía a falta de interés médico, sino a que durante años se desconocían los mecanismos reales que explican por qué el dolor puede mantenerse incluso cuando la lesión inicial ya está resuelta.

Hoy sabemos mucho más sobre el dolor crónico. Diversas investigaciones han identificado cambios bioquímicos y neurológicos que pueden prolongar su duración. También se ha visto que algunos pacientes presentan un patrón muy concreto: tienden a estar más pendientes de las sensaciones corporales (hipervigilancia) y a anticipar lo peor cuando sienten dolor (catastrofismo). A esto se suman factores genéticos que pueden facilitar que los mecanismos del dolor permanezcan activos incluso después de que la causa inicial haya desaparecido.

Pero, ¿qué es exactamente el dolor? El dolor es una experiencia sensorial y emocional que aparece cuando un tejido sufre un daño. En realidad, es un mecanismo de protección: si nos fracturamos un hueso o nos quemamos la piel, el dolor actúa como una alarma que nos obliga a parar y nos enseña a evitar ese mismo daño en el futuro, como no acercar la mano al fuego o no forzar una articulación o la espalda más de lo debido.

El cerebro dispone de mecanismos para regular la intensidad del dolor, que actúan como un “freno” natural, conocidos como vías descendentes inhibitorias. Cuando este mecanismo se altera y el sistema del dolor permanece activado de forma continua, aparecen los procesos que hoy relacionamos con el dolor crónico. A esto se puede sumar una inflamación de bajo grado dentro del sistema nervioso central, que contribuye a que el cerebro se vuelva más sensible a los estímulos. Todo este conjunto de cambios es lo que denominamos sensibilización central.

Este mismo mecanismo se ha identificado en enfermedades como la fibromialgia, la dismenorrea, la fatiga crónica, el intestino irritable o la cefalea tensional. Como resultado, pueden aparecer síntomas muy variados: dificultad para dormir, cansancio persistente, ansiedad, problemas de concentración (“niebla mental”), hipersensibilidad a estímulos táctiles, auditivos u olfativos, o dolor de cabeza recurrente.

Los médicos que trabajamos a diario con el dolor crónico tenemos un papel fundamental: una vez descartadas causas tratables, debemos ayudar al paciente a entender qué le ocurre y a involucrarse activamente en su recuperación. No se trata solo de medicación; se trata de modificar hábitos que influyen de manera directa en la intensidad del dolor.

El primero es el sueño. Dormir bien es esencial, y aunque el dolor dificulta el descanso, también existen costumbres que lo empeoran: acostarse muy tarde, tomar café u otros estimulantes por la tarde o usar pantallas antes de dormir. Mejorar estas rutinas marca una diferencia real, ya que permite reparar los tejidos dañados y disminuir el estrés. 

También es clave la actividad física controlada y adaptada. Aunque al principio pueda resultar doloroso moverse, avanzar poco a poco evita caer en el círculo vicioso de dolor e inactividad. Realizar actividades saludables y gratificantes como paseos, natación, estiramientos suaves, escuchar música o compartir tiempo con familiares y amigos ayuda a reducir el dolor, ya que estimulan la liberación de endorfinas, analgésicos naturales del cuerpo. 

Otros factores que pueden perpetuar el dolor son el tabaco, el alcohol y una dieta muy procesada. Aunque algunos pacientes piensen que alivian la ansiedad o el malestar, en realidad estos hábitos pueden favorecer la inflamación y aumentar la percepción del dolor.

Aunque aún queda mucho por descubrir sobre los mecanismos del dolor, hoy sabemos que pequeñas acciones pueden mejorar notablemente la calidad de vida. Entender qué ocurre en el cuerpo y en el cerebro permite al paciente recuperar parte del control.

En una comarca como El Bierzo, donde muchas personas conviven a diario con dolor crónico, conocer estos mecanismos y los hábitos que lo modulan puede marcar una diferencia real en su bienestar. El primer paso es comprender la enfermedad y asumir un papel activo en su propio tratamiento.

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